lunes, mayo 14, 2007

Sexy porteños trying to pick up the Argenteenagers

Cuando era chica un día me cansé de mi soledad de hija única y decidí comprar una mascota.Yo quería tener un perro y ponerle "Timoteo" como el de la novela juvenil que solía leer entonces, "Los cinco y el tesoro de la isla," que tenía como protagonista a una nena llamada Ana. Ahora que lo pienso la historia era bien bizarra. Ana tenía una prima, Jorgelina, que no aceptaba su condición de mujer y se hacía llamar "Jorge". Siempre hay un marimacho en las historias infantiles. No sé bien por qué. En fin, mi madre se oponía fervientemente a comprar un perro porque decía que daba demasiado trabajo, que el departamento era chico y el animal iba a sufrir mucho. Tampoco podía comprarme un gato porque claro, como buena enfermita que soy, era alérgica a prácticamente todo y los pelos de gato me hacían estornudar sin parar y llorar como quien pela cebolla. Las opciones restantes se dividían entre un pez o una tortuga. Mi madre se negó a comprar peces porque yo ya había tenido dos machos (Gervasio y Margarita) y los había tirado por el inodoro pensando que iban a desembocar en el Río de la Plata y recuperar su libertad.
Así que un buen día fuimos con mi familia a la veterinaria y compramos una tortuga, a la que llamé "Burocracia" plagiando a la mascota de mi heroína local Mafalda. Yo era una fanática empedernida de Mafalda y a veces me confundía la realidad con la ficción. Todavía conservo un diario íntimo en el que había transcripto frases de Mafalda como si fueran propias. La cosa es que al principio estaba fascinada con mi nueva mascota y la forzaba a realizar todas las pelotudeces que se pueden hacer con una tortuga (léase: carreras con autitos, empacharla con lechuga, intentar sacarle el caparazón y darla vuelta y hacerla girar sobre su eje).
Un verano nos fuimos a San Bernardo y arreglamos para que mi tía se llevara a la tortuga. Antes de irnos del departamento apagamos las luces, desenchufamos la heladera y ceramos todas las persianas. Estábamos casi listos, sólo faltaba cerrar el comedor. De repente escuché el ruido de la persiana bajando seguido de un grito de mi mamá como si hubiera visto un fantasma. Cuando llegué al comedor vi la ventana abierta y el cadáver de la tortuga degollada a medio camino entre el balcón y el living.
Lo que sigue no tiene sentido contarlo: gritos, llantos, toda una tragedia griega y mi mamá pálida con un principio de trauma. El viaje en auto por la ruta hacia la costa fue terrible. Nadie hablaba; es más, nunca más tocamos el asunto. Yo lloraba pero no entendía nada y prefería no decir ni mu. Nunca más tuve una mascota. Todavía soy alérgica y tengo la certeza de que no moriré en una casa con olor a muebles antiguos mezclado con pis de gato. A lo sumo tendré una pecera o un cobayo. Pero no, no me gustan los cobayos. Dicen que se mueren muy rápido y a mí también me impresionan los cadáveres.