Mi amiga Fiorella estudia medicina. Tardó dos años en hacer el CBC, tres en terminar primer año y en segundo dejó de contar porque no iba para ningún lado. Convencida de que su destino era pasarse la vida en un consultorio diagnosticando males incurables y escribiendo recetas con una letra incomprensible, se cambió a una universidad privada para acelerar los trámites. Rodeada de púberes, comenzó primer año nuevamente y le fue tan pero tan bien que hasta la nombraron ayudante de cátedra de anatomía. Fiorella pasó a tercero en diciembre del año pasado. Sin embargo, con veintiséis años de edad y todavía más de la mitad de la carrera por delante, entró en crisis. Entonces se anotó en un curso de azafata. En el verano tomó clases de inglés y en poco menos de dos meses, ya se paraba con gracia sobre sus tacos altos mientras indicaba dónde se encontraba la salida de emergencia y cómo colocarse la máscara de aire y el chaleco salvavidas. Fiorella afirma orgullosa que es mucho mejor pasarse la vida sirviendo sanguchitos y viajando gratis por todo el mundo que cobrar mil quinientos por mes haciendo la residencia y cubrir guardias dos veces por semana. Hace unos días, a Fiorella la llamaron de una línea aérea extranjera. No lo pensó dos veces. Armó las valijas y se despidió de todos sus amigos. Dejó atrás los esqueletos y los cadáveres disecados. La familia la acompañó al aeropuerto y la despidieron con lágrimas en los ojos. En el Free Shop se compró un perfume y una caja de chocolates para el viaje. Sabía que el vuelo tardaba ocho horas en llegar a destino y el avión siempre le provocó mareos.
